jueves, 16 de marzo de 2017

Padres: 15 - Enseñar a volar

Enseñar a volar

He leído, no hace mucho, una cita de una santa, la Madre Teresa de Calcuta, que dice así:

"Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Pero en cada vuelo, en cada sueño, en cada vida estará la huella del camino enseñado."

Es una buena reflexión tanto para los padres como para los hijos, también para maestros, profesores, alumnos, estudiantes,... Me ha hecho pensar en el primer artículo que se publicó en este blog. Se titulaba: "Raíces y alas" y recogía una cita que decía así: "Tenemos que dejar dos legados a nuestros hijos: uno raíces y el otro alas" y nos preguntábamos si era posible que estos dos legados fuesen objetivos de la misma tarea, la educativa, cuando parecen contradictorios: las raíces fijan en la tierra y las alas sirven para todo lo contrario, para volar.

La respuesta que se daba era que sí: se trataba de dar, durante el proceso educativo, por un lado, fundamentos sólidos y modelos de referencia que dieran respuestas seguras y firmes a muchas cuestiones de la vida (raíces) y, también, conseguir la autonomía y la iniciativa necesaria para ser capaces de hacer un buen uso de su libertad (alas).

Se trata de encontrar, en cada momento, el equilibrio idóneo entre estos dos grandes objetivos. Y eso no es fácil, porque podemos decantarnos hacia un lado o hacia el otro de este equilibrio.

Cuando la autoridad de los padres deja de ser un servicio para guiar en la exploración de los valores; deja de ser un estímulo para ayudar a tomar decisiones correctas y deja de ser ánimo para el esfuerzo que el proceso de maduración exige; cuando pasa a ser un autoritarismo, o sea una autoridad que no se gana sino que se impone con rigidez y control excesivo; cuando un proteccionismo angustioso se propone evitar cualquier tipo de malestar o peligro al hijo; entonces ese punto de equilibrio se desplaza y se está exagerando con las raíces y se cortan las alas, y tienen dificultades para volar. O bien, llegan a un punto de rebeldía que les hace despreciar y rechazar todo los intentos de sus padres, y entonces vuelan pero sin saber a dónde, como un pájaro enjaulado que se escapa de su prisión.

Cuando por comodidad, o por una mala entendida teoría educativa de que los hijos tienen que aprender por su cuenta, se deja hacer como si lo que tienen que aprender ya les llegará de alguna manera a través de no se sabe qué o a través de su propia experiencia; cuando no se interviene o se interviene con frecuentes incoherencias; cuando los padres se vuelven permisivos, pasivos, y les parece que no tienen que cortar en ningún momento la espontaneidad de sus hijos; entonces el punto de equilibrio también se pierde y los hijos también terminando volando,... pero sin norte.

Encontrar ese punto de equilibrio en la tarea educativa requiere reflexionar constantemente dónde se está, en cada momento y en cada hijo, ya que el proceso de maduración es dinámico, no es estático. No es lo mismo para cada hijo, porque en función del temperamento y el carácter de cada uno se tendrá que desplazar en un sentido o en otro. A unos se les deberá fijar más en el suelo y en otros se les deberá animar a tomar más iniciativas.

Por otra parte en función de la edad y a medida que vayan creciendo es evidente que la manera de propiciar cada uno de estos objetivos será diferente, y no podemos olvidar que el objetivo final de los padres es, precisamente que los hijos levanten el vuelo para ejercer su libertad, una libertad moldeada por la verdad.

Por ello, retornando a la cita con la que hemos comenzado, deberíamos poder encontrar en cada vuelo, en cada sueño, en cada vida de nuestros hijos, la huella de lo que se ha intentado enseñar: la verdad.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Dr. Jekyll y Mr Hyde


Este escrito está basado en la novela de R. L. Stevenson "El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde", en la que se representa el trastorno psiquiátrico que hace que una misma persona tenga dos personalidades opuestas. El Dr. Jekyll, científico, se convierte en el maléfico Mr. Hyde.





Una carta:

Apreciado Dr. Jekyll

Usted, que es un hombre abierto a la innovación y a la experimentación sin límites, le interesará saber lo que un amigo me describió como el paradigma democrático en educación. Se trata de dar un paso decisivo para traspasar, definitivamente, la responsabilidad de la educación de los hijos, de los padres a la comunidad, de la familia al estado. Hasta ahora, se han ido dando pequeños pasos, pero ya es hora del paso definitivo.

Decía, con un gran sentido pragmático y realista, que los padres no pueden hacerse cargo de esta responsabilidad que sobrepasa su capacidad por muy sinceras que sean sus disposiciones. La educación es una tarea demasiado compleja para dejarla sobre los hombros de una pareja inexperta sólo por el hecho de haberlos engendrado. Además, es una tarea que si no se hace bien se resiente toda la sociedad. Por este motivo, es la sociedad quien debe hacerse cargo de la educación de las personas, y desde el primer momento, incluso desde antes de la concepción. La comunidad, el estado, determinará cuándo puede recibir un nuevo miembro y debe controlar, mediante los análisis oportunos, si, una vez engendrado de la manera más oportuna, merece la posibilidad de su existencia, a fin de no correr riesgos innecesarios.

El nuevo miembro recibirá, desde el primer momento, la atención de los especialistas comunitarios para que su crecimiento y educación esté de acuerdo con los principios establecidos en la comunidad. Por otro lado, los padres, liberados de la carga de responsabilidad para con los hijos, no corren el peligro de sufrir por ellos, ni de sentirse atrapados por una relación y unos lazos que lo único que hacen es limitarlos como personas y postergar el logro de sus aspiraciones personales. Los hijos, educados por la comunidad, acabarán formando parte de ella de la manera más natural, ocupando cada uno el lugar que por su capacidad le corresponde.

Vamos, Dr. Jekyll, hacia un mundo nuevo en el que la generación y educación de los nuevos miembros estará absolutamente subordinada a las necesidades de la comunidad, de manera que podremos olvidarnos de conceptos retrógrados como familia, amor paterno, amor filial, escuelas de iniciativa privada... y, aunque siempre correremos el peligro de que algunas ideas tradicionales, propuestas por los moralistas de siempre, pretendan imponerse, estas acabarán claudicando ante la evidencia de la eficacia de las nuevas ideas.

Hasta siempre.

Mr Hyde.

  .......................................................................................................................................


                                                 Respuesta:

Mr. Hyde

En respuesta a su alocada carta, le escribo estas líneas para descargar mi atribulada conciencia ya que me siento culpable de sus barbaridades.

Los padres son los primeros y principales educadores de sus propios hijos y tienen una competencia fundamental: son sus educadores por ser sus padres. La educación integral de los hijos es obligación gravísima y un derecho primario de los padres. Un derecho esencial e insustituible que están obligados a defender y que nadie debería pretender quitarles.

La familia no es solamente el ámbito de la generación sino también el de la acogida de la nueva vida como un don, un regalo, de Dios. La familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y a recibir amor. Se apoya en la profunda relación interpersonal entre el esposo y la esposa, que se sostiene por el afecto y la comprensión. Es la institución intermedia entre la persona y la sociedad y nada la puede suplir totalmente porque es la expresión primera y fundamental de la naturaleza social del hombre donde se aprende a escuchar, compartir, soportar, respetar, ayudar y convivir. La familia es un bien y un fundamento indispensable para la sociedad.

La familia es la primera escuela de los valores humanos en la que se aprende el buen uso de la libertad.

Si bien los padres no son capaces de satisfacer ellos mismos las exigencias de todo el proceso educativo, especialmente el que se refiere a la instrucción y al amplio sector de la socialización, y necesitan, por tanto, la ayuda de otras personas y entidades, esta ayuda debe darse aplicando correctamente el principio de subsidiariedad. Existe una legitimidad y, incluso, un deber de ayudar a los padres en su función, pero esto encuentra su límite intrínseco e insuperable en el derecho prevalente de los padres como primeros educadores. El principio de subsidiariedad se pone al servicio del amor de los padres y en favor del bien de la familia.

El Estado ofrece un servicio educativo de manera subsidiaria, acompañando la función indelegable de los padres, que tienen el derecho de poder elegir con libertad el tipo de educación que quieren para sus hijos según sus convicciones. La escuela no sustituye a los padres, sino que los complementa. Cualquier colaborador en el proceso educativo debe actuar en nombre de los padres y con su consenso. La alianza educativa entre familia y escuela, entre la familia y la sociedad es importante, y es importante que no se rompa.

Hasta nunca más.

Dr. Jekyll

miércoles, 15 de febrero de 2017

Educar:15 - El dinero y el precio de las cosas

    El dinero y el precio de las cosas

A veces los padres piensan que lo que tienen que hacer por sus hijos es conceder todos sus caprichos o comprar todo lo mejor y más caro en ropa de moda, juguetes, etc. Quieren que sus hijos tengan lo mejor y no piensan que darles todo lo que piden sin exigir ningún esfuerzo o nada a cambio, puede ser peor para ellos. El niño desea de sus padres que lo quieran, y lo que el niño cuesta en dinero a los padres, no cuantifica el amor que sienten por él. Por otro lado el niño cuando se haga mayor valorará el esfuerzo de sus padres para educarlo y por haber alcanzado la autonomía necesaria para enfrentarse a la vida, y eso no se cuantificará por los caprichos concedidos, ni por la ropa de marca comprada.

Para lograr la autonomía necesaria deben aprender entre otras cosas que no es suficiente pedir las cosas para tenerlas. Porque las cosas tienen un precio: en dinero, en esfuerzo, en sacrificio,... Esto, tan simple y sencillo, debe ser un objetivo que los padres deben tener en su misión educativa. Para conseguirlo daremos unas pautas:

-Es bueno, poco a poco y en función de la edad, comentar el precio de las cosas para que sean conscientes de su valor. Pueden acompañar a la madre o al padre a hacer la compra de la semana y ver cómo se escogen los diferentes artículos valorando precio y calidad.

-También se debería mostrar o explicar, con la adecuada proporción, la situación de mucha gente que no tiene cubiertas las necesidades básicas para vivir con dignidad a causa de la pobreza, de las guerras, de la inmigración,… o a causa de la enfermedad. Fomentar la disposición de ayuda y dar a conocer opciones con las que se puede ayudar: Caritas, Misiones, ONG’s,... Todo ello ayuda a recolocar sus deseos en su justo punto.

-A veces, con el objetivo que aprendan a administrarse se concede, a partir de una determinada edad, una "paga" semanal con dinero de bolsillo. Creo que una "paga" sólo tiene sentido si el hijo tiene la necesidad de gastos concretos indispensables, como desplazamientos que hace en transporte público él solo, o bien si del colegio a una actividad extraescolar debe resolverse la merienda,... no tiene sentido si se da una cantidad a cambio de nada, o porque cumple con sus encargos en casa, como si hubiera la opción de no hacerlos. A veces, la "paga" esconde la despreocupación de los padres en cuanto al destino que hace el niño con el dinero que se le da.

-Teniendo en cuenta que las necesidades básicas están cubiertas por los padres, es mejor que tenga que pedir cada vez que necesite dinero para algo. Así, se deja claro que concederlo no es un derecho adquirido, los padres pueden valorar si es apropiado lo que pide, y no se pierde el control de los gastos del hijo.

-Abrir una cuenta bancaria a su nombre y al del padre o la madre, puede ser útil para ir haciendo hucha con el regalo de los abuelos por su cumpleaños o reyes, o por aquel trabajo extraordinario con que ha sido retribuido trabajando durante las vacaciones, por ejemplo. Con este dinero podrá plantearse, de acuerdo con los padres, aquella cosa que le gustaría y que tendrá que esperar hasta tener todo el dinero que necesita. Los padres pueden ayudar, cuando entiendan que conviene, a fin de cubrir lo que falta cuando la espera se ha hecho suficientemente larga.

-Saber esperar es importante porque cuando no han sido educados para entender que algunas cosas deben esperar, crecerán pensando que tienen derecho a la satisfacción inmediata de sus deseos. Engaño que en lugar de favorecer el uso de su libertad, la hará enfermiza. En una familia son habituales los momentos y las circunstancias con los que se enseña a saber esperar, y en las que se ejercitarán, entre otras, dos virtudes importantes: la templanza que permite el dominio firme y moderado de la razón sobre el deseo; y la paciencia que está relacionada con este saber esperar, porque ayudará a soportar las molestias cuando lo que se desea tarda en llegar.


Es evidente que el ejemplo de los padres en esto, como en todo, es fundamental. Los hijos deben ver en los gastos de los padres los criterios que quieren enseñar. Deben ver que hay acuerdo entre el padre y la madre cuando se plantea un gasto especial: un coche, unas vacaciones,... que se ajustan a las necesidades reales por el bien de la familia, no por el capricho del instante o de la última moda. Que los padres dedican la mayor parte de su tiempo de ocio a hacer actividades (que suponen, a menudo, un gasto) con sus hijos. Si van a cenar solos o con sus amigos, también lo hacen a menudo con sus hijos. Si tienen algún hobby de fin de semana (tenis, pesca,...) procuran compartirlo con la familia para que lo puedan conocer sus hijos. Fomentan las actividades deportivas y de ocio de sus hijos por delante de las suyas. No tienen una vida de privilegio en relación a la de sus hijos, al contrario: primero son los hijos, aunque no les concedan todo lo que piden.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Transmitir la Fe

El Papa Francisco, al final del capítulo séptimo de la “Amoris Laetitia”, dedicado a la educación de los hijos, nos habla de la transmisión de la fe y nos dice:

“La educación de los hijos debe estar marcada por un camino de transmisión de la fe, que se dificulta por el estilo de vida actual, por los horarios de trabajo, por la complejidad del mundo de hoy donde muchos llevan un ritmo frenético para poder sobrevivir.”

A la vez que nos indica que la educación de la fe debe estar presente en los variados aspectos de la educación de los hijos, nos advierte de las dificultades que comporta para los padres, dada la agitación y prisa con que se vive en la sociedad actual. 

Pero advierte:

“Sin embargo, el hogar debe seguir siendo el lugar donde se enseñe a percibir las razones y la hermosura de la fe, a rezar y a servir al prójimo.”

Si la mejor escuela para aprender a vivir es la familia, porque es el ámbito vital por excelencia, también lo será para aprender a vivir las virtudes cristianas que regulan los actos y guían la conducta según la razón y la fe. Virtudes que proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena y disponen las potencias del ser humano para armonizarse con el amor divino.

El Papa nos recuerda:

“La fe es don de Dios, recibido en el bautismo, y no es el resultado de una acción humana, pero los padres son instrumentos de Dios para su maduración y desarrollo.”

Como dice el Papa: “no somos dueños del don sino sus administradores cuidadosos...  pero nuestro empeño creativo es una ofrenda que nos permite colaborar con la iniciativa de Dios”

Como administradores, podríamos resumir los objetivos educativos de los padres en dos grandes campos de acción: educar virtudes y ordenar los valores. Educar las virtudes para que sean capaces de hacer el bien, y ordenar los valores para que den prioridad a lo que más importa, siendo creativos en la manera de sugerirlos.

Sin olvidar, que el ejemplo de los padres, en la transmisión de la fe, será un factor decisivo en el proceso de maduración, tal como señala el Papa:

“La transmisión de la fe supone que los padres vivan la experiencia real de confiar en Dios, de buscarlo, de necesitarlo,…”

El ejemplo siempre, pero en la transmisión de la fe en especial, es el bien más preciado que los hijos pueden recibir de sus padres. Para que sea efectivo, debe ser natural, lejos de cualquier ficción y debe estar en la manera de hacer habitual. No debemos atraer la atención hacia él, porque, entonces, la ostentación en que va envuelto, impide ver su verdadero valor. Han de ver en los padres que su vida de fe no se queda en la necesaria vida de piedad, sino que los lleva a luchar para ser mejores personas en su relación con los demás. Los hijos no necesitan padres perfectos sino padres que luchan por hacer las cosas un poco mejor cada día. El ejemplo es una lección que se enseña mejor cuando menos se pretende dar y será la mejor manera en que los padres se harán entender por sus hijos.

El Papa Francisco nos da algunas pautas de actuación:

“Los niños necesitan símbolos, gestos, narraciones. Los adolescentes suelen entrar en crisis con la autoridad y con las normas, por lo cual conviene estimular sus propias experiencias de fe y ofrecerles testimonios luminosos que se impongan por su sola belleza. Los padres que quieren acompañar la fe de sus hijos están atentos a sus cambios, porque saben que la experiencia espiritual no se impone sino que se propone a su libertad.”

Hemos de saber explicarles que Dios creador nos quiere como un Padre, que Jesús Dios se hizo hombre para salvarnos del pecado, de ese pecado que debilita la naturaleza humana para actuar correctamente, que este Jesús resucitó y está presente en la Eucaristía y es nuestro amigo dispuesto siempre a ayudarnos, que lo podemos recibir y visitar en el sagrario, que nos dio a su madre, la Virgen María, como madre nuestra,… Hemos de saber explicarlo con palabras sencillas, adecuadas a cada uno y sugiriendo escenas para poner en práctica el amor a los demás.

 También señala:

“Es fundamental que los hijos vean de una manera concreta que para sus padres la oración es realmente importante. Por eso los momentos de oración en familia y las expresiones de la piedad popular pueden tener mayor fuerza evangelizadora que todas las catequesis y que todos los discursos.”

En la familia confiamos en Dios y por tanto nos dirigimos a Él para solicitar su ayuda en muchas cosas. Los padres, también, deben pedir luces a Dios para educar bien a sus hijos. A veces será más provechoso hablar a Dios de nuestros hijos que hablar a nuestros hijos de Dios. En todo caso hay que hablar a nuestros hijos con el ejemplo más que con palabras, aunque a veces será necesario también  dar las razones de nuestro comportamiento.


lunes, 16 de enero de 2017

El autismo tecnológico

El Papa Francisco nos advierte en el punto 278  de la “Amoris Laetitia”, del peligro de lo que denomina “autismo tecnológico”, que amenaza seriamente la formación de nuestros niños y adolescentes.

“…no se pueden ignorar los riesgos de las nuevas formas de comunicación para los niños y adolescentes, que a veces los convierten en abúlicos, desconectados del mundo real. Este « autismo tecnológico » los expone más fácilmente a los manejos de quienes buscan entrar en su intimidad con intereses egoístas.”

Frente a este autismo tecnológico, y al peligro de desconexión del mundo real que implica, debe procurarse que la vida del niño, del adolescente, esté llena de actividades divertidas y estimulantes del mundo real,  más llenas de vida que las que proporciona la vida virtual.

Los padres deben reforzar las actividades reales sobre las virtuales: los deportes, las excursiones, el contacto con la naturaleza, el aprendizaje de algún instrumento musical, adquisición de distintas  habilidades (pintura, arreglos domésticos,…). Es cierto que requerirán  más esfuerzo y disciplina, pero les enseñará que la vida real requiere de estas actitudes.

No se trata simplemente de prohibir o restringir el uso de videoconsolas, juegos de ordenador,… sino de descubrirles esas otras actividades que les sitúa en el mundo real. Los padres podrán incluso jugar con ellos en alguno de estos juegos virtuales pero haciéndoles ver, dejando constancia, que son diversiones de inferior rango -más de niños que de adultos- y que les valoran menos los éxitos en ellas  que las que obtienen en el mundo real.

Por otra parte, las videoconsolas y los juegos de ordenador, como cualquier actividad de ocio, solo se pueden permitir cuando se hayan cumplido las obligaciones y responsabilidades que tienen: estudio, encargos, etc. Se les debe ayudar a organizar y a distribuirse el horario de manera que no desatiendan sus responsabilidades y a no perder el tiempo con ellas.

El Papa Francisco cuando, en el mismo punto, se refiere a las tecnologías de la comunicación, empieza valorando positivamente su buen uso:

“Cuando son bien utilizadas pueden ser útiles para conectar a los miembros de la familia a pesar de la distancia. Los contactos pueden ser frecuentes y ayudar a resolver dificultades.”

A continuación nos advierte de los peligros que se pueden derivar:

“Pero debe quedar claro que no sustituyen ni reemplazan la necesidad del diálogo más personal y profundo que requiere del contacto físico, o al menos de la voz de la otra persona.“ 

Y pone ejemplos que nos conciernen a todos:

“Sabemos que a veces estos recursos alejan en lugar de acercar, como cuando en la hora de la comida cada uno está concentrado en su teléfono móvil, o como cuando uno de los cónyuges se queda dormido esperando al otro, que pasa horas entretenido con algún dispositivo electrónico.”

La comunicación personal en el ámbito familiar no debe quedar ahogada por un uso abusivo  o impropio de las diversas tecnologías que dificultan la natural relación entre sus miembros y que es fuente de enriquecimiento mutuo.

Por esto, el Papa Francisco aconseja tratar a nivel familiar unas normas básicas de convivencia:

“En la familia, también esto debe ser motivo de diálogo y de acuerdos, que permitan dar prioridad al encuentro de sus miembros sin caer en prohibiciones irracionales.”

El móvil, internet, y las redes sociales, son herramientas maravillosas que permiten una serie de ventajas y posibilidades que hace unos años parecían imposibles, pero exigen usarlas bien, con prudencia, siendo conscientes de los riesgos que, así mismo, pueden entrañar.

La supervisión de los padres, en relación al uso que hacen sus hijos de estas herramientas, supone cierta dificultad por la autonomía que estas herramientas conllevan. Por ello, sin descartar los métodos de control y limitación que pueden y deben utilizar, deben incidir en la formación de un criterio que les permita usarlas bien.

Más que nunca, es importante que adquieran un buen criterio para discernir lo bueno de lo malo. La formación en virtudes (prudencia, fortaleza,…) también facilitará el seguimiento del buen criterio adquirido.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Un día familiar

Este artículo se publica gracias a la insistencia de mi mujer para que explique nuestro día familiar de San Esteban, en el que nos reunimos todos.

Somos una familia normal, quizás más numerosa de lo que es habitual, y que pretende, en estas fiestas, vivir la alegría de la Navidad en familia. Escogemos el día de San Esteban (26 de diciembre) porque es más fácil conseguir que no falte nadie. Este año hemos conseguido reunirnos todos (49). Podéis contarlos.

La fotografía con que se inicia el artículo es la de toda la familia reunida en casa de nuestra hija mayor. Había anunciado, con anterioridad, que nos la haríamos, todos juntos antes de comer, por lo que les rogaba que fuesen puntuales. Cumplieron. Mi yerno fue a buscar un vecino de confianza para que nos hiciese la foto y después de diversas tentativas para colocarnos, comprobar que no faltase algún despistado y antes de agotar su paciencia, nos hizo varias, entre las que he escogido la presente.

Este año, debemos hacer constar algunas nuevas incorporaciones y alguna ausencia con respecto a ocasiones anteriores.

La ausencia es la de nuestra tía Luisa que falleció con 98 años pocos días antes de navidad. Cada año íbamos a buscarla a su casa en Barcelona con la ayuda de alguno de los nietos mayores y la trasladábamos a Igualada, para después por la tarde volverla a trasladar a su casa. Es el segundo año que mi madre tampoco está con nosotros Falleció con 99 años. Ambas pasaban un día feliz con todos nosotros cantando villancicos, viendo a nuestros nietos recitar o cantar lo que habían aprendido en el colegio o en su casa… Procurábamos, entre todos atenderlas al máximo. Mis suegros y mi padre habían fallecido hace más tiempo.

Las nuevas incorporaciones son tres nietos (dos niños y una niña) nacidos durante el año 2016.

Para la comida, días antes y a través del WhatsApp de la familia, se repartieron las tareas y se distribuyeron las aportaciones culinarias que debían realizar cada una de las familias. Tres lomos para el segundo plato, ensaladas varias, aperitivo para los pequeños, aperitivo para los mayores, otros complementos, bebidas,… Mi mujer se encarga cada año de los macarrones para los pequeños que acaban solicitándolos, los que sobran, los mayores. Se había encargaba también de uno de los lomos pero este año lo ha delegado en una hija bajo su atento control. A cambio hemos aportado turrones y polvorones. El único exento es nuestro hijo sacerdote que nos anunció que traería una bendición para chuparse los dedos.

Nos distribuimos en tres mesas. En la cocina comieron antes los más pequeños (13) bajo la atenta mirada de sus padres. En otra mesa, en el garaje, lo hicieron los comprendidos entre 9 y 13 años (11). Y en la gran mesa del comedor los adultos con los seis nietos mayores (25).

Antes de empezar la comida repartí el tradicional calendario, que hago cada año y que permite acordarnos de los aniversarios, santos, aniversarios de boda,… durante todo el año. Unas 120 fotografías repartidas entre la portada y los doce meses junto con los avisos correspondientes harán que no se nos olvide ninguna efeméride. Este año también se lo han llevado los nietos que estudian en la universidad y viven en colegios mayores en Barcelona. En general aprobaron las fotografías que había colocado para cada ocasión. Adjunto una fotografía de la portada y de uno de los meses.

Una familia ha anunciado que están esperando el tercer hijo por lo que el próximo año podemos ser 50,… de momento. Será el nieto 31. Lo hemos celebrado todos con mucha alegría; sus dos hijos tienen ya 9 y 12 años.

En la tertulia, después de concentrar a los miembros dispersos (unos jugando con el perro, otros viendo una peli, otros jugando en el garaje,… algún adulto fumando en el jardín…) cantamos unos villancicos. A continuación los dos nietos mayores, que cantan y tocan la guitarra, ayudados por las tres nietas mayores que hacían de animadoras, nos ofrecieron una muestra de su arte y dedicaron una canción a una de ellas que cumple años por Navidad.  Después se inició un concurso de villancicos y poesías de Navidad en el que participaron los más pequeños y algún adolescente. Todos se esforzaron para demostrar lo que habían aprendido (en algún caso se esforzó más la madre que el propio participante) y todos merecieron un premio consistente en una pequeña bolsa de caramelos. Uno de mis hijos nos sorprendió entonando una canción rusa que fue coreada por el resto y también se llevó una bolsa de caramelos. Intentamos hacer una “mannequin challenge” que fue grabada, pero que no me atrevo a adjuntar porque tuvo algún fallo por culpa de los más pequeños que no se estaban quietos.

Hablamos mucho, conversamos  en grupo, en grupos más pequeños, cantamos, algunos pequeños dormían, otros lloraban,… hasta que nos fuimos despidiendo. Mi mujer ha estado afónica un par de días. Todos hemos agradecido a los anfitriones el haber dispuesto de su hogar para albergar a toda la tribu.

Durante estas fiestas hemos tenido otros encuentros y actividades: visita al asilo para cantar villancicos, muestra de los belenes por WhatsApp, nochebuena y Misa del Gallo, comida de Navidad,… pero sin estar juntos los 49.

La noche de reyes y el día de reyes también tendrán su protagonismo.

Con esta última fotografía en la que aparecemos mi mujer y yo con los treinta nietos con edades comprendidas entre los veinte años el mayor y dos meses la menor (los tres mayores estudian ya en la universidad) nos despedimos deseándoles a todos ustedes:

¡Un feliz año 2017!


jueves, 15 de diciembre de 2016

Cuento de Navidad: Ho, ho, ho...

                 Ho, ho, ho,…

Vino a decírmelo Miguel: "Juan, en la tienda donde he estado haciendo unos arreglos están buscando alguien que haga de Papá Noel por las tardes". Miguel, mi cuñado, es lampista y había estado unos días instalando las luces de Navidad en aquella tienda. Conocía bien la necesidad que tenía de ganar dinero porque más de una vez había tenido que solicitar su ayuda. Trabajaba en el turno de mañana de una empresa metalúrgica, pero con lo que me pagaban nos costaba llegar a fin de mes. Mi mujer, Luisa, estaba enferma desde hacía un par de años y había dejado de trabajar de asistenta en algunas casas. Habíamos tenido tres hijos: un chaval pequeño, Pablo, de seis años que me adoraba, y dos chicas mayores que estudiaban y que por las vacaciones procuraban espabilarse para conseguir algo de dinero que lo dedicaban a sus cosas. Ya habían previsto trabajar en un gran almacén durante las vacaciones de Navidad.

Pensé que podía interesarme. Aunque el trabajo en el turno de mañana era agotador, a las dos terminaba, podía comer y descansar un poco, e ir por las tardes a hacer de Papá Noel. No sería demasiado cansado y ganaría un dinero que me ayudaría a pasar las fiestas. Así pues, aquella misma tarde fui a la dirección que me dio Miguel. La tienda, que era de juguetes, estaba en el barrio rico de la ciudad en una de las calles más comerciales.

Se trataba de estar durante el horario de tarde en la puerta regalando caramelos a los niños que pasaban, haciendo tocar una campanilla como reclamo para que entraran a comprar... "Y no se olvide del Ho, Ho, Ho,…" añadió el dueño al ponernos de acuerdo. No me pagaban demasiado bien para lo que me comprometía: todas las tardes de lunes a sábado hasta Navidad y, también, los domingos y festivos que abrieran; pero no podía dejar pasar esta ocasión. El disfraz de Papá Noel me lo tenía que buscar yo. Lo resolvimos aquella misma tarde, Miguel me dejó un disfraz que había utilizado en una fiesta del colegio de sus hijos hacía unos años y que tuve que completarla comprando unas barbas y una gorra nueva. Mi mujer me forró unos zapatos viejos con ropa roja y acordamos no decirlo a nadie más. Me cambiaría en la tienda para que ni mis hijos ni los vecinos me pudieran ver disfrazado.

Empecé unos días antes de la Purísima. Resultó más cansado de lo que pensaba. Al día siguiente me costó levantarme para ir a trabajar, pero poco a poco me fui acostumbrando. Cuando veía que el dueño estaba ocupado, me apoyaba en la pared para descansar la espalda de forma que no se me cargara demasiado. Cuando llegaba a casa dejaba los cuatro caramelos que me había guardado de la bolsa que me daban cada día, en la habitación de Pablo.

La mayoría de la gente me trataba con respeto, pero a menudo había algún gracioso que o bien me tiraba de las barbas, o me cogía la campanilla, o me tocaba la barriga mientras me imitaba el "Ho, Ho, Ho,...". Una vez una madre se enfadó conmigo porque sólo le había dado un caramelo a su hijo que, con cara de pillo, escondía en la otra mano el puñado de caramelos que me había cogido.

Una tarde vi como mis dos hijas con mi chaval se acercaban paseando. Las niñas deberían tener fiesta y habían decidido llevar a su hermano pequeño a ver las calles ricas de la ciudad. Por supuesto, no podían dejar de pasar por delante de la tienda más importante de juguetes. Me alarmé, ¿me descubrirían? Se acercaron, le di a Pablo un buen puñado de caramelos que me agradeció con su inocente mirada. Luego se detuvo ante el escaparate y vi como los ojos de Pablo anhelaban un tren eléctrico que funcionaba dando vueltas sin parar. No me reconocieron y se fueron tirando de Pablo que no quería dejar de mirar el escaparate.

Por la noche Pau me estuvo hablando un buen rato del tren eléctrico que había visto y cuando se fue a dormir me dijo: "Los caramelos que me dio el Papá Noel son iguales a los que encuentro cada mañana junto a la cama. ¿Será él quien me los deja? ". Le dije que todos los caramelos eran iguales y que el Papá Noel no se paseaba por las casas dejando caramelos. "Es verdad -afirmó- sólo pasa la noche antes de Navidad, cuando nace el niño Jesús."

Desde aquel día no paraba de mirarme el tren eléctrico del escaparate. Vi que lo que costaba era más de lo que ganaría durante las semanas que estaría haciendo de Papá Noel y, además, necesitábamos el dinero para otras necesidades más urgentes.

Aquel juguete se había puesto de moda y no paraba de salir gente con el paquete que contenía el tren, con sus vías y una estación que lo complementaba. Me hubiera gustado poder comprarlo para regalárselo a Pablo, pero era imposible.

Pablo, a menudo hablaba del tren eléctrico y su madre y sus hermanas procuraban quitárselo de la cabeza. Cada vez que veía salir alguien de la tienda con el paquete del tren, veía los ojos de mi hijo ante el escaparate mirándole. Me llegué a obsesionar con la idea de que Pablo no podría tenerlo.

Una tarde, antes de terminar la jornada, vi como una furgoneta descargaba en la puerta del almacén, que estaba situado en la calle secundaria que hacía esquina, varios paquetes de aquel tren eléctrico que se había agotado de tanta gente que lo compraba. Me acerqué tocando la campanilla y haciendo el "Ho, Ho, Ho" que cada día me salía mejor. Había unos cuantos paquetes que iban trasladando dentro del almacén. Uno de ellos había caído de la pila donde estaba. Vi los ojos de Pablo ante el escaparate y no pude resistirme, de una patada lo situé fuera de la vista de los que los transportaban, me quité la almohada que hacía de estómago, la lancé lejos, y coloqué en su lugar el paquete. No me había visto nadie. Volví a la puerta de la tienda, tocando la campanilla con una mano y agarrándome la barriga con la otra para que no me cayera el paquete que a duras penas escondía. Hice que le dijeran al encargado que no me cambiaría porque me esperaba el coche de un amigo para volver a casa. Volví en metro disfrazado de Papá Noel. Antes de entrar en casa me quité el disfraz y una vez dentro escondí el paquete bajo la cama.

Se lo conté a mi mujer, que se quedó horrorizada de lo que había hecho. Según ella tenía que devolverlo, no podía quedarme con un objeto robado, pocos días antes de la Navidad.

Al día siguiente me pareció que no habían echado en falta el paquete. Probablemente el desorden de aquellos días no había dado tiempo de contabilizar las entradas y salidas de todos los artículos.

Mi mujer insistía en que aunque no se hubiera echado de menos debía devolverlo, y poco a poco fui dándome cuenta de la tontería que había hecho. No podía regalarle a mi hijo en Navidad un objeto robado y le dije a Luisa que lo devolvería. Se quedó tranquila y me dio un beso.

No quería, pero, confesarle al dueño mi robo. Podría suponer como mínimo dejarme sin la paga pendiente. Por ello, sin que lo supiera Luisa hice un plan: aquella tarde saldría de casa vestido de Papá Noel llevando el paquete en la barriga bien protegido para evitar que se me cayese, y al terminar la jornada me quedaría dentro del baño donde me cambiaba y no saldría hasta que cerraran. Entonces dejaría el paquete junto con los demás. Al día siguiente tenía fiesta en la metalúrgica, por lo tanto me podría quedar dentro del baño hasta que abrieran y, a media mañana cuando más gente habría, saldría como si nada. Tenía un cierto riesgo, pero valía la pena para poder quedarme tranquilo y no tener que dar explicaciones al dueño.

Así lo hice. Faltaban pocos días para la Navidad. Tuve que decirle a Luisa que ese día trabajaba en el turno de noche y ya no volvería a casa. Todo fue bien hasta que se estropeó. Me quedé en el baño, esperé un buen rato hasta que cerraron la tienda, salí con el paquete y lo dejé junto con los demás, pero cuando iba a regresar al baño me di cuenta que no estaba solo. Unos ladrones habían entrado forzando la puerta del almacén, me enfocaron con la linterna y pensando que era un guardia de la tienda me cogieron y me amenazaban para que abriera la caja fuerte. Me opuse y les recomendé que se fueran, pero ellos me golpearon. Recibí golpes por todo el cuerpo hasta que caí al suelo junto a la mesa de la cajera. Entonces vi en una de las patas de la mesa lo que podía ser el pulsador de la alarma. Lo apreté y empezó a sonar una sirena que asustó a los ladrones, los vi como corrían antes de que perdiera el sentido a causa de los golpes recibidos. Después me contaron que les había costado salir porque la puerta corredera que habían forzado para entrar había quedado atascada sin poderla subir, y cuando lo consiguieron los agarró la policía sin que se llevaran nada.

Cuando desperté estaba en el despacho del dueño. Él y dos policías esperaban que les explicara los detalles. Así lo expliqué: al ir a cambiarme me cogió una indisposición de vientre que me hizo estar un buen rato en el baño, cuando salí estaba todo cerrado y cuando iba a llamar por teléfono para que me abrieran me encontré con los ladrones. A partir de ese momento los conté tal como había ido de verdad.

El dueño me felicitó, me dijo que me acompañarían al hospital para hacerme un reconocimiento y que no volviera hasta la tarde de la víspera de Navidad en que me daría una recompensa por haber defendido con tanta valentía la empresa.

Cuando llegué a casa con la cabeza vendada y con heridas por todo el cuerpo, Luisa se pensó que había tenido un accidente en la fábrica. Tuve que explicarle todos los detalles de lo que realmente había pasado: mi plan, los ladrones, la paliza, la explicación que había dado al dueño,...

 "Tienes que decirle toda la verdad al dueño" - sentenció Luisa. Me costó entenderlo a la primera pero me convenció: no podía mentir y quedar como un héroe cuando no era poco más que un ladrón arrepentido.

La tarde de la víspera de Navidad fui a la tienda dispuesto a decirle al dueño todo lo que había pasado. Me esperaba, me hizo pasar con solemnidad entre los otros empleados y me llevó a su despacho. Allí había dos directivos de la empresa. Estuve a punto de dejarlo como estaba, pero me hice fuerte y le pedí al dueño que quería hablar con él a solas. Se extrañó pero pidió a los otros dos que salieran.

Entonces se lo expliqué todo: el tren eléctrico, los ojos de mi hijo, el robo, el plan para devolverlo,... Mientras iba explicándome la cara del dueño fue cambiando de expresión: de la sorpresa al enojo, y del enojo a un rostro inescrutable que no presagiaba nada bueno. Terminé mi exposición pidiéndole perdón.

Cuando terminé, abrió la puerta y me dijo que fuera a buscar a los dos directivos. Cuando entramos vi que colgaba el teléfono. ¿Habría avisado a la policía?

"Juan me ha contado un detalle que no cambia nada de lo que habíamos decidido" - dijo mientras me daba, sonriendo, un sobre con bastantes billetes. "Bueno, sí que cambia algo..." 

En aquel momento llamaron a la puerta: "Pase" - dijo el amo- "esto también es para usted". Entró el encargado del almacén... con un gran paquete: ¡el tren eléctrico!

domingo, 4 de diciembre de 2016

Familia y sociedad

En el punto 276, el Papa Francisco nos habla de la familia como el primer ámbito de socialización:

“La familia es el ámbito de la socialización primaria, porque es el primer lugar donde se aprende a colocarse frente al otro, a escuchar, a compartir, a soportar, a respetar, a ayudar, a convivir.“

La mejor escuela para aprender a vivir es la familia, porque es el ámbito vital por excelencia. Lo es porque su función no se limita a una específica, como podría ser el estudio, el trabajo, la diversión, los derechos y deberes cívicos, etc., sino que englobando de alguna manera todas, su función es la vida en su sentido más amplio: vivimos y aprendemos a vivir en la familia.

Esta tarea educativa de socialización que se lleva a cabo en la familia es la que se debe trasladar, también, fuera del hogar, tal como lo explicita el Papa Francisco:

“La tarea educativa tiene que despertar el sentimiento del mundo y de la sociedad como hogar, es una educación para saber « habitar », más allá de los límites de la propia casa.”

En un mundo necesitado de convivencia pacífica, la familia se convierte en principal protagonista para la construcción de la paz. Es la paz y el amor de las familias que llevará la paz a la sociedad y al mundo. Si la familia se comporta como lo que debe ser, transmitirá la convivencia pacífica a la sociedad, empezando por su entorno más inmediato.

El Papa Francisco nos lo explica así:

“En el contexto familiar se enseña a recuperar la vecindad, el cuidado, el saludo. Allí se rompe el primer cerco del mortal egoísmo para reconocer que vivimos junto a otros, con otros, que son dignos de nuestra atención, de nuestra amabilidad, de nuestro afecto. No hay lazo social sin esta primera dimensión cotidiana, casi microscópica: el estar juntos en la vecindad, cruzándonos en distintos momentos del día, preocupándonos por lo que a todos nos afecta, socorriéndonos mutuamente en las pequeñas cosas cotidianas. “

La vida familiar es, también, escuela de muchos otros aspectos, tal como nos lo deja escrito en el punto 277:

De los hábitos de consumo; “En el hogar también se pueden replantear los hábitos de consumo para cuidar juntos la casa común: la familia es el sujeto protagonista de una ecología integral, porque es el sujeto social primario, que contiene en su seno los dos principios-base de la civilización humana sobre la tierra: el principio de comunión y el principio de fecundidad.”

I, también, de cómo afrontar los momentos difíciles: “Igualmente, los momentos difíciles y duros de la vida familiar pueden ser muy educativos. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando llega una enfermedad, (…) en general, el tiempo de la enfermedad hace crecer la fuerza de los vínculos familiares. Una educación que deja de lado la sensibilidad por la enfermedad humana, aridece el corazón; y hace que los jóvenes estén “anestesiados” respecto al sufrimiento de los demás, incapaces de confrontarse con el sufrimiento y vivir la experiencia del límite.”


lunes, 21 de noviembre de 2016

Capacidad de esperar

En el punto 275 (capítulo 7º) de la exhortación apostólica Amoris Laetitia el Papa Francisco nos habla de educar la capacidad de esperar: 

“En este tiempo, en el que reinan la ansiedad y la prisa tecnológica, una tarea importantísima de las familias es educar para la capacidad de esperar.”

Tendríamos que enseñar a los hijos que las cosas que valen la pena no se consiguen en el momento que se desean, sino que necesitan, muchas veces, mucho tiempo.

Sigue diciendo el Papa

“No se trata de prohibir a los chicos que jueguen con los dispositivos electrónicos, sino de encontrar la forma de generar en ellos la capacidad de diferenciar las diversas lógicas y de no aplicar la velocidad digital a todos los ámbitos de la vida.”

Adquirir la madurez requiere tiempo, i la velocidad digital posibilita que los niños aprendan a un ritmo vertiginoso sin necesidad de la intervención de los adultos, pero este conocimiento prematuro de algunas cosas sin asimilarlas en profundidad y sin valorar sus implicaciones morales puede traer como consecuencia que los niños, se vuelvan más pragmáticos y menos idealistas.

Hay actividades que pueden ayudar a desarrollar esta capacidad de esperar porque requieren tiempo y esfuerzo: aprender a tocar un instrumento musical; aprender algún idioma; desarrollar con cierto rigor alguna afición (pintura, fotografía,...); hacer alguna colección (mariposas, insectos,...); y, por supuesto, algún plan de mejora personal en algún aspecto de su formación. 

Habrá situaciones no agradables que vendrán impuestas pero que también se tendrán que aprovechar para que aprendan a aceptar las molestias y esperar con ilusión su solución: una enfermedad larga o una lesión que le incapacita parcialmente; la pérdida de alguna posesión que se ha echado a perder (la bicicleta, el ordenador,...); etc.

 El Papa Francisco nos alerta: 

“Cuando los niños o los adolescentes no son educados para aceptar que algunas cosas deben esperar, se convierten en atropelladores, que someten todo a la satisfacción de sus necesidades inmediatas y crecen con el vicio del «quiero y tengo». Este es un gran engaño que no favorece la libertad, sino que la enferma.”

A veces, parece que, por algunos, lo que no se puede conseguir rápidamente, acaba teniendo poca importancia y no está presente en su actuación. Se quiere llegar lejos a toda prisa y se buscan resultados inmediatos. Muchos anuncios se basan en esta idea de conseguirlo rápido y fácilmente: aprender un idioma, adelgazar, perfumes que aseguran el éxito...

Hay diferentes síntomas que podemos detectar fácilmente y que son causa de este no saber esperar: el niño que no soporta está en el banquillo cuando juega su equipo deportivo porque no sabe esperar su oportunidad; la constante atención al móvil, respondiendo al instante a cualquiera de sus reclamos; algunos trabajos escolares sacados de internet con un rápido "cortar y pegar"; noviazgos con relaciones prematuramente íntimas;etc.

El papa Francisco nos da el motivo para educar la capacidad de esperar:

“En cambio, cuando se educa para aprender a posponer algunas cosas y para esperar el momento adecuado, se enseña lo que es ser dueño de sí mismo, autónomo ante sus propios impulsos. Así, cuando el niño experimenta que puede hacerse cargo de sí mismo, se enriqueces su autoestima. A su vez, esto le enseña a respetar la libertad de los demás.

El Papa Francisco concluye este punto: 

“En una familia sana, este aprendizaje se produce de manera ordinaria por las exigencias de la convivencia.”

Efectivamente en una familia sana son habituales los momentos y circunstancias en los que se enseña a saber esperar, i en los que se ejercitan, entre otras dos virtudes importantes: la templanza, que supone el dominio firme y moderado de la razón sobre el deseo; i la paciencia que está relacionada con este saber esperar, porque ayudará a soportar las molestias cuando lo que se desea tarde en llegar.

domingo, 6 de noviembre de 2016

La sanción como estímulo

El Papa Francisco nos habla del valor de la sanción como estímulo en los puntos 268-270 de la Amoris Laetitia.

La sanción es necesaria en educación porque: “es indispensable sensibilizar al niño o al adolescente para que advierta que las malas acciones tienen consecuencias.”

Para hacerlos responsables de sus acciones deberán utilizarse en algún momento las sanciones (correcciones, castigos), procurando ser positivos más que negativos. A veces los padres solo actúan para reprochar y castigar fechorías, y el niño necesita, también, el elogio y la aprobación de la persona que quiere y admira: padre, madre, maestro, amigo, etc.

La educación eficiente requiere un clima de valoración positiva. por este motivo hemos de procurar que el número de elogios o felicitaciones sea más grande que el de las sanciones. Hemos de procurar, también, que supongan un estímulo positivo, y lo serán si seguimos las indicaciones del Papa Francisco:

“La corrección es un estímulo cuando también se valoran y se reconocen los esfuerzos y cuando el hijo descubre que sus padres mantienen viva una paciente confianza. Un niño corregido con amor se siente tenido en cuenta, percibe que es alguien, advierte que sus padres reconocen sus posibilidades. Esto no requiere que los padres sean inmaculados, sino que sepan reconocer con humildad sus límites y muestren sus propios esfuerzos para ser mejores.”

Los padres no deben esconder que ellos tampoco lo hacen todo bien. Los hijos no necesitan padres perfectos, sino padres que luchan para intentar hacerlo cada día un poco mejor. De todas maneras, hay una cosa imprescindible que nos señala el Papa Francisco:

“Pero uno de los testimonios que los hijos necesitan de los padres es que no se dejen llevar por la ira. El hijo que comete una mala acción debe ser corregido, pero nunca como un enemigo o como aquel con quien se descarga la propia agresividad.”

Y no podemos olvidar que:

“Además, un adulto debe reconocer que algunas malas acciones tienen que ver con la fragilidad y los límites propios de la edad. Por eso sería nociva una actitud constantemente sancionatoria, que no ayudaría a advertir la diferente gravedad de las acciones y provocaría desánimo e irritación.”

La actitud sancionadora, la disciplina en general, tiene un objetivo: ser estímulo para hacerlo mejor.

“Lo fundamental es que la disciplina no se convierta en una mutilación del deseo, sino en un estímulo para ir siempre más allá.”

El Papa Francisco se pregunta:

“¿Cómo hacer para que la disciplina sea límite constructivo del camino que tiene que emprender un niño y no un muro que lo anule o una dimensión de la educación que lo acompleje?”

Y nos da la respuesta:

“Hay que saber encontrar un equilibrio entre dos extremos igualmente nocivos: uno sería pretender construir un mundo a medida de los deseos del hijo, que crece sintiéndose sujeto de derechos pero no de responsabilidades. El otro extremo sería llevarlo a vivir sin conciencia de su dignidad, de su identidad única y de sus derechos, torturado por los deberes y pendiente de realizar los deseos ajenos.”

Tendremos que saber encontrar el punto medio entre los dos extremos.